19 mayo, 2018

Panecillos ideales para el ayuno


PANECILLOS PARA EL AYUNO



Receta propia de AyunoXti 



Esta receta es ideal para que podamos ayunar comiendo panes ricos y nutritivos, eliminando mejor el hambre, las jaquecas, los ardores de estómago, etc.



Cuanto mejores sean las harinas, mejor. Lo importante es que no sean harinas refinadas y que el pan se fermente por lo menos 5-6h.



Ingredientes:

(Para 15-16 panecillos de 12x6 cm aproximadamente o de 120 gr/u). 

Harina (1Kg):
  • 900 gr. de harina panadera de trigo
  • 50 gr. de harina integral
  • 50 gr. de harinas varias (harina de maíz, de quinoa, de arroz, etc.)
Líquidos (700gr) Cuanto más harina integral, más agua hay que poner.

   Hay dos opciones:


  1. La sencilla:
  • 350 gr de agua
  • 350 gr de leche

  2. La enriquecida:
  • 250 gr. de agua
  • 250 gr. de leche
  • 210 gr. cerveza 
Levadura: 2 gr. de seca o 6 gr. de fresca 



Sal: 30 gr. de sal normal 


Mantequilla: 50 gr. (o si no, 30 gr de aceite de oliva virgen) 

Miel: 50 gr. (o 30 gr de azúcar normal) 

Frutos secos:


Mezclar al gusto un total de 160-170gr de frutos secos no muy triturados. Lo recomendado son 80 gr de aceitunas negras y 80 gr de nueces medio trituradas, pero se pueden añadir pipas de girasol, de calabaza, semillas de lino, piñones, etc. Sólo acordarse de juntarlo todo y dejarlo en remojo un par de horas para que no resten hidratación al pan.

Procedimiento

Mezclar los ingredientes. Mezclamos las harinas con los líquidos y la miel (o el azúcar). Mezclar unos minutos para distribuir los elementos y dejar reposar 15 o 30 minutos (autolísis), de este modo la harina se empapará bien, facilitando el amasado y la intervención de las levaduras, pero también mejorando la extensibilidad de la masa.



Mezclamos un poco (lo ideal es con una rasqueta curva) y añadimos la  levadura (lo mejor es que haya sido disuelta anteriormente en un poco del agua de la receta). Dejamos reposar unos 10 minutos y realizamos unos pliegues a la masa añadiendo la mantequilla (o el aceite) y la sal (la sal al final es recomendable).



Amasamos 10-20 min. (o dejamos reposar 60 min. haciendo pliegues cada 15 minutos). Lo mejor es el amasado francés (en este vídeo está MUY bien explicado).



Dejamos la masa en un bol untado de aceite, y tapado con film transparente. Lo dejamos fuera de la nevera 1-2h para que empiece a fermentar o lo ponemos en la nevera para retardar un poco la fermentación (por ejemplo si tenemos que salir de casa o es de noche ya). Ésta se llama fermentación en bloque (es decir, sin separar en partes la masa ni dar formato a los panes). Al hacerse parte en nevera será más lenta y se reducirán los procesos alcohólicos que acidifican el pan, las proteínas de las harinas serán procesadas mejor, para facilitarnos así la digestión (por lo que es un punto muy importante).


En cuanto al tiempo y a la temperatura
  • Si hace mucho calor la fermentación irá muy rápida y es aconsejable usar un poco el retardo en nevera, pero si no hace mucho calor es más sencillo dejarlo un par de horas fuera a temperatura ambiente. Es importante aprender a ver la masa y reconocer en qué punto está. Si la masa ha estado en la nevera la sacamos y dejamos atemperarse  (aproximadamente 30 min) para manipularla. 

Ahora toca repartir la masa en porciones de 120 gr, haciendo siempre bolas y dejándolas reposar. Luego las aplanamos con delicadeza, les ponemos a cada panecillo una cucharada de frutos secos, los cerramos enrollándolos y tratando de que esté siempre bien tensa la masa y los colocamos para que hagan su segunda fermentación tapados con un trapo de lino y espolvoreados de harina para que no se peque la tela de lino que les recubrirá:



Luego dejamos que fermenten nuevamente (segunda fermentación). Si los panes entran en una única horneada no hay problema. Si tenemos que realizar dos horneadas, para que no se sobrefermente la segunda, podemos poner la primera bandeja en la nevera y cocinamos la segunda una vez montada. De ese modo paramos la fermentación de la primera bandeja que tiene que esperar la primera hornada de pan.



Horneado

El horno tiene que estar precalentado a 250º C por lo menos 45min, para que al abrir y colocar el pan no perdamos mucha temperatura y, si la tenemos, para que la piedra de horno esté bien caliente.


En el horno habremos dejado un cuenco de agua apto para horno para estar en la base del horno para que se vaya calentando. Si tiene dentro piedras de barbacoa o tornillos, mejor. 



Luego efectuamos los cortes en la superficie de los panecillos (con una cuchilla de afeitar clásica, un cúter afilado o, mejor, un cuchillo pequeño de sierra, para no romper la delicada superficie del panecillo con el arrastre) en la superficie (en paralelo y en diagonal con respecto al pan, tratando de que se superpongan, es decir, cada corte empieza a la altura de la mitad del anterior) para dirigir la salida del gas del pan. También se pueden hacer en el centro y longitudinalmente.

Para los tiempos del horneado:



· 8-10 minutos con calor sólo inferior y a 250º C, añadiendo agua al cuenco de barro nada más haber colocado los panecillos. Así se "asustará" el pan y crecerá bien abriéndose por los cortes realizados sin sellarse arriba ; 



· 10 minutos a 200ºC con calor arriba y abajo. Si no se ha consumido el agua, retiramos el cuenco. Si se ha consumido, es suficiente abrir y cerrar la puerta para que salga el vapor, pues ahora queremos que se seque por dentro el pan.



· Vigilar siempre que no se quemen, sobre todo en el final. Para una superficie más crujiente dejarlo 5-8 minutos más en el horno apagado y sin vapor. Lo ideal es sacarlos cuando la superficie esté dorada al gusto (cada horno es un mundo, paciencia), pero con un mínimo de 15-20 minutos de cocción en total o por lo menos que la temperatura interior del pan sea de 95ºC.



Recién enfriados y no del todo, es mejor congelarlos enseguida, para que no pierdan demasiada humedad y queden como recién hechos al descongelarlos. Cada día de ayuno es mejor descongelar sólo los necesarios, evidentemente, de allí que es mejor piezas más pequeñas que grandes, pero tampoco demasiado pequeñas (mínimo unos 90 gr/u), pues de lo contrario podría quedar poca miga dentro en proporción a la corteza. 

Podemos congelarlos de forma individual en papel de aluminio y guardarlos en una bolsa en el congelador. Para descongelarlos se pueden sacar por la mañana y dejar que se descongelen solos. También se pueden descongelar en el microondas a 160 W 15-18 segundos dándole la vuelta a mitad del tiempo y dejándolos sobre una tostadora para que se vuelva crujiente la corteza.


Notas sobre esta receta

- Al tener leche se aumenta la grasa y se ralentiza un poco el proceso de fermentación.


- Tiene algo más de grasa (mantequilla o aceite) para dar más esponjosidad a la miga y dar más aporte calórico. La mantequilla le da un sabor único.

- Normalmente se pone un 2% de sal al pan, es decir, unos 20 gr por kilo, pero en este caso la receta pone algo más de sal de lo normal porque el pan se come solo y para subir algo mejor la tensión. 

- La cantidad de hidratación es del 70%, pero la leche aporta en proporción más hidratación y se le puede añadir algo más de agua dependiendo del tipo de harina. La idea es que sean panecillos de bastante hidratación. Las harinas integrales absorben más agua y hay que tenerlo en cuenta.

- La fermentación es más larga de lo normal (se suelen hacer de 1 o 2 horas, pero no es sano) para que los panecillos se puedan realizar con poca levadura y consiguiendo más digeribilidad mayor, manteniendo incluso una cocción al mínimo para que no se sequen y se puedan comer con más facilidad. 

- Los frutos secos y aceitunas le aportan calorías y energía, y al estar en tropezones, y no en harina, facilita la salivación. 

- Si se le añadiera algo de centeno, que sean máximo 50 gr. y se añada una pizca más de levadura para que no se aplane el pan, ya que el centeno no tiene mucha proteína (no tiene gluten), mucha fibra (facilitando problemas de estreñimiento), y retrasa la absorción de los azúcares en el intestino. 

- La cerveza es para darle sabor, pero sobre todo más nutrientes. Evidentemente se puede sustituir por agua o leche.




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[1] Los frutos secos es mejor dejarlos en remojo el día anterior o por lo menos un par de horas, para evitar que chupen la humedad del pan y lo resequen en la cocción. Las aceitunas no hace falta y se puede mezclar a los frutos secos un par de horas antes para que se mezcle bien el sabor. El sabor de las aceitunas puede parecer fuerte, pero tras el horneado disminuye enormemente quedando una fragancia muy suave y siguiendo aportando energía. Son imprescindibles las nueces y las aceitunas, pero se les puede añadir semillas de diferentes tipos al gusto, cuidando las proporciones.



Fuentes interesantes:




Paz y bien.

20 marzo, 2018

Recata final con San Pedro Crisólogo


Queridos hermanos de AyunoXti,

        Estamos en la recta final que nos introducirá en la Semana Santa, el momento culminante de nuestra fe. En la cruz que contemplaremos sangrante, pero también victoriosa, encontraremos el motivo de nuestra oración, el gozo de nuestra espera, la esencia de nuestra unión. Desde la cruz brota un manantial de salvación inmerecida. Muchos la rechazan y no caen en la cuenta del despropósito de rechazar algo no sólo tan valioso, sino que no habríamos podido jamás atrevernos siquiera a pedir. Es Dios quien sale a nuestro encuentro de esta forma y es por amor a nosotros. Un amor que sólo debería recibir un eterno agradecimiento y no los ultrajes y rechazos que recibe cada día. Este camino que Dios ha marcado es un camino que nos pide seguir con alegría en la Victoria ya acontecida, pero también con responsabilidad y esfuerzo.

Para esto, en esta recta final, os invitamos a reflexionar en los tres elementos centrales de nuestro amor a Dios, para tratar siempre de tenerlos muy bien purificados y unidos. Os dejamos las hermosísimas palabras de San Pedro Crisólogo en su sermón número 43:

Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, y la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.
El ayuno, en efecto es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlas, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca: que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído, a quien no cierra los suyos al que le suplica.
Que el que ayuna, entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda, quien desea que le responda a él. Es un indigno suplicante quien pide para sí lo que niega a otro.
Díctate a ti mismo la norma de la misericordia de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.
En consecuencia, la oración, la misericordia, y el ayuno, deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.
Recobremos, pues, con ayunos lo que perdimos por el desprecio: inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: “Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias”. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios, no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a sí mismo para darse.
Pero para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no le riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza; lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios, y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.
Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro, no lo tendrás tampoco para ti.
Así que, amemos con nuestra oración, con nuestro esfuerzo máximo en la caridad y siempre de la mano de nuestro ayuno y de nuestro rosario, buscando alcanzar cada día un esfuerzo mayor, para que el Reino de Dios esté en nosotros de forma cada vez más santa y permanente.

Que Dios nos bendiga y la Virgen nos cuide, escuchando nuestras necesidades y peticiones, pero sobre todo acrecentando en todos nosotros el deseo ferviente del amor de Dios y el vivir según el Espíritu Santo y divino que nos manda.

Paz y bien



12 febrero, 2018

Queridos ayunadores y amigos de AyunoXti,

Este miércoles 14 de febrero empezaremos el tiempo de preparación a la Pascua, el momento más sublime de la liturgia y hacia donde todo apunta desde el principio. Es un tiempo de purificación y de renovación en el que debemos tratar de concentrar nuestros esfuerzos de forma especial, que no única, en acercarnos más a Dios. La alegría, el gozo, el júbilo, los placeres y bellezas de la vida son un modo, pero nunca serán tan sublimes como el sufrimiento y el sacrificio cuando son vividos por amor. Porque amar en lo fácil y agradable es menos exigente y muestra menos firmeza y profundidad que un amor que se manifiesta en el dolor.

Es por este motivo que el ayuno, la cruz, el dolor, la limosna y en general todo acto penitencial, adquieren un valor único que por su fuerza, sana, libera, restaura y convierte. El amor que brota incluso en el dolor es una fuente de gracia cuyo alcance nunca entenderemos, pero que Cristo mostró como el camino más contundente para nuestra salvación, pues lo eligió por nosotros.

Este miércoles empieza un camino cuyo valor debemos de rescatar con urgencia. A mayores males mayores entregas. Tanto mal que nos rodea y nos amenaza de tantas formas necesita de corazones capaces entregarse más allá de los mínimos que propone la Iglesia y que en muchas ocasiones son simplificados y reducidos por cada cual.

Este miércoles no es un día para festejar San Valentín ni un día para disfrutar de cenas románticas y regalos, sino para mostrarle a Dios que realmente él es el centro de nuestra vida, siendo la primera opción cuando se interpone otra razón. Para el cristiano, cada día es un día para festejar el amor.

Os invitamos a ser generosos en este tiempo, para ensanchar el corazón con renuncias y entregas. La Iglesia católica sólo pide dos días de ayuno al año (miércoles de cenizas y el viernes santo) en los que sólo "exige" a los mayores de edad que renuncien a una comida del día y a todos los mayores de 16 la abstinencia a la carne. Nosotros, desde AyunoXti, no nos conformaremos dando a Dios las sobras de nuestros esfuerzo y los mínimos que apenas rozan el cumplimiento canónico, sino que seguiremos con los ayunos a pan y agua los miércoles y, además, os invitamos a quienes podáis a doblar los esfuerzos, por ejemplo a introducir también el viernes o, para quienes no ayunen todo el miércoles, a ayunar, ese día, una comida más a pan y agua. Del mismo modo que en los tiempos de Pascua reducimos el ayuno para unirnos al júbilo de la Iglesia, ahora es momento de hincar la rodilla al suelo y hacer una penitencia que interceda por tantas necesidades que tiene la humanidad.

Este tiempo de ayuno, limosna y penitencia puede verse concretado con el ayuno a pan y agua, el rosario y la misa diaria, la confesión frecuente y con mortificaciones personales como renunciar a la crítica, al lenguaje sucio o vulgar, pero también a la ironía y a la murmuración. Sin embargo, apostar por una forma de ayuno, no implica tener que dejar otras. El propósito de la Cuaresma es el mayor esfuerzo posible de uno mismo, no el mínimo. Pensemos que es amor a Dios que retorna en gracia y bendiciones.

Al que le cueste, que pida la gracia a Dios de ver con humildad lo que realmente somos. Ese es el sentido de la ceniza, recordarnos la fugacidad de nuestra realidad, la inestabilidad de nuestra seguridad, la pobreza de nuestros deseos materiales de bienestar y el verdadero destino que tenemos, que es descansar en el Padre una eternidad. Ese deseo nos pone el corazón de rodillas y nos impulsa a ir en contra de la constante búsqueda de placer por amor a Dios y también por nuestros hermanos.

Por terminar, este tiempo de Cuaresma lo dedicaremos enteramente por la salvación del mundo. Redoblaremos nuestros esfuerzos espirituales y físicos para que el mundo abandone el camino del ateísmo, del sentimentalismo, del relativismo y del placer sin medida y como fin último, así como todo lo que esté lejos de Dios o que nos aparte de Él. Pedimos una política justa, una sociedad de paz, unos poderes sin dictaduras. Entregaremos todas nuestras intenciones, y las que nos lleguen, para que sean escuchadas por Dios y las dejaremos en mano de nuestra Madre la Santísima Virgen María, quien conoce perfectamente lo que más necesitamos. Así, imitando un poco a los apóstoles dejaremos un poco de lado el correo y las redes para centrarnos más en el ayuno, la oración personal, el rosario que rezaremos todos los días que podamos, especialmente el de los miércoles. 

Estamos a vuestra disposición para ver cómo profundizar en la penitencia y hacerlo por amor, así como para resolver vuestras dudas y seguiremos recibiendo peticiones para que el Señor la vaya escuchando.

Un abrazo en Jesús y María,


sacerdotefjpm@ayunoporti.es 


14 abril, 2017

Meditación espiritual sobre el viernes Santo

Hoy empezamos propiamente la celebración de "la Pascua", de "el Paso" o tránsito de Jesús, a través de la muerte a la "Vida Nueva", a la Gloria.

No celebramos sólo la muerte. Celebramos el paso del Señor al Padre, que es al mismo tiempo muerte y resurrección, humillación y exaltación, aparente derrota y victoria definitiva.

Ambos aspectos los celebramos como una gran unidad: la memoria de la muerte está ya impregnada de esperanza y de victoria. La gran Vigilia de la noche de Pascua, al anochecer del Sábado Santo, "la Noche entre todas las noches" recordará no sólo la resurrección sino todo el dinamismo del paso de la muerte a la vida: "Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado", proclamará el prefacio de Pascua.

Y con Él, que nos abre el camino, también nuestro paso de este mundo al Padre. Jesús nos abre el camino, y como Buen Pastor nos toma sobre Él y nos arrastra hacia el Padre, arrancándonos del poder del pecado y de sus consecuencias en nosotros y elevándonos con Él al Padre.

Según una tradición muy antigua en la Iglesia, ni hoy ni mañana se celebra la Santa Eucaristía (aunque actualmente podemos recibir hoy la Sagrada Comunión). En su lugar, esta tarde, hacia la hora que murió el Señor, tiene lugar la celebración de La Pasión del Señor. Lo que domina la liturgia de hoy es "la Cruz", signo de sufrimiento y de humillación pero también de amor, de victoria definitiva y de salvación. Cristo Jesús, como Sumo Sacerdote y en nombre de toda la humanidad, se ha entregado voluntariamente a la muerte para salvar a todos.

Hoy y mañana están marcados por la "austeridad" y el "ayuno". Pero no ya como signo penitencial (la Cuaresma terminó el Jueves Santo), sino como participación en el Tránsito Pascual de Cristo. Ayunamos hoy, Viernes Santo, pero la Iglesia recomienda prolongar este ayuno hasta la comunión eucarística de la Vigilia Pascual. Este ayuno es signo de que la comunidad cristiana sigue la marcha de su Señor, lo acompaña tras Él, a través de la muerte. Es un ayuno "lleno de esperanza" que desembocará en el inmenso gozo pascual de la Resurrección. La práctica antigua del ayuno consiste normalmente en consumir una sola comida al día para dedicarse a la escucha de la Palabra de Dios y a la oración comunitaria

Un aspecto de este ayuno es la ausencia de celebraciones sacramentales en estos dos días. La comunidad ora, celebra la Pasión y la Cruz del Señor, se reúne para la alabanza de la Liturgia de las Horas,  para la meditación, como es el caso del Vía Crucis,  pero no celebra los sacramentos (excepto la confesión y la unción de enfermos si es necesario). La Iglesia "ayuna" obedeciendo a su Señor que nos dijo: "llegará un día en que se lleven al novio, entonces ayunarán". Esta austeridad se manifiesta también en el carácter sobrio de las celebraciones. No hay flores, ni incienso, ni música, el altar está despojado, el sagrario abierto y vacío.

Mañana en la Solemne Vigilia de Pascua, volverán las flores, las luces, las campanas, la música... y en proporción mayor a ninguna otra fiesta. ¡Y la fiesta durará 50 días!

El color litúrgico de este día es el rojo. Si lo es para los mártires, ¡cuánto más habrá de serlo para el Rey de los mártires

Desde la celebración de la muerte del Señor, por la tarde, ya no hay adoración de los fieles al Santísimo. El Señor no está, ha muerto.

Permaneceremos unidos en oración, junto a la Madre Dolorosa, a quien en este día hemos sido entregados, por su Hijo, a ella como hijos y ella a nosotros como Madre acogiendo conmovidos el don de nuestra Redención y esperando  la resurrección del Señor.

Unidos en adoración silenciosa y agradecida ante la Cruz: AC

Padre AC de AyunoXti
www.ayunoporti.es

12 abril, 2017

La grandeza de la Eucaristía

Muchos cristianos se han rendido a la rutina de la celebración eucarística y lo demuestran muchos comentarios sobre si el sacerdote es más aburrido, lento o antipático, datos absolutamente irrelevantes si sopesamos el profundo significado que tiene la celebración de la Eucaristía.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que  Jesús “instituyó el Sacrificio Eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (CIC 1323).

Quiero destacar dos aspectos muy importantes con respecto a la Eucaristía con motivo de esta semana Santa y especialmente de este jueves, en el que recordamos la institución de la Eucaristía por nuestro Señor Jesucristo: lo que significa Eucaristía y qué sentido tiene que sea un memorial.

La Eucaristía, un portal en el tiempo

Es de gran ayuda conocer el rito judío para entender y apreciar muchos matices (y no sólo matices) sobre el significado de lo que hizo Jesús. En el rito judío de la cena pascual estaban (y lo sigue estando) ya presentes la bendición del vino (Kadesh o santificación), el lavado de las manos (Rejatz), la comida de tres panes sin levadura (Yajatz), la lectura del relato de la historia del pueblo judío (Maguid), la bendición del pan antes de repartirlo (Motzi-Matza), la bendición y acción de gracias (Barej), etc. Todos estos elementos se distribuyen a lo largo de una comida llena de simbolismo que acontece entre una mesa (para la comida) y un altar (para la liturgia) y que se recorre bebiendo 5 copas de vino que recuerdan la salvación del pueblo judío de Egipto (Éxodo 6,6-7) y la espera del Masías. Las primeras 4 copas son la copa de la bendición, de las plagas, de la redención y de la alabanza, mientras que la quinta copa es la de Elías.

En la cena pascual tenía que haber un cordero aprobado por los sacerdotes y sacrificado “entre la caída de las dos tardes”, pero en la última cena de nuestro Señor no había cordero, algo que era permitido en caso de impedimento serio (como salir de viaje). En esos casos se podía celebrar la cena moviéndola antes de la Pascua y ya que Jesús tenía que morir la víspera de la fiesta, adelantó la cena. Los que  adelantaban la cena no podían tener cordero, pues el cordero se sacrificaba solamente en el templo, por lo que queda más evidente que el verdadero cordero era el mismo Jesús.

Pero es especialmente interesante saber que tras la segunda copa, o copa de las plagas, en recuerdo de la ira de Dios sobre quienes no cumplen su voluntad (Exodo 6, 14 en adelante), Jesús dice unas palabras enigmáticas: “No volveré a beber del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios”. Entonces tomó el segundo de los panes (Aficoman) que había representado a Jesús mismo (segunda persona de la Trinidad) por siglos de celebraciones pascuales y pronunció las grandes palabras del sacrificio “este es mi cuerpo que será entregado por vosotros” en un lenguaje sacrificial propio del Templo y de los sacrificios culturales identificando el sacrificio del “Cordero Pascual”, que se entregaba y sacrificaba para  liberación y redención del pueblo, consigo mismo.
Si ya con esto los apóstoles tendrían que estar con los ojos abiertos y la respiración contenida, ya que Jesús se identificó verdaderamente (que no simbólicamente) con el Cordero Sacrificial mismo, con lo siguiente quedarían totalmente alucinados: Jesús toma la tercera copa que en el Seder Pascual[1] corresponde a la Copa de la Redención  y dice: “Tomad y bebed todos de él, porque esta es mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados.” En este momento, culminación de la antigua Pascua y comienzo de la nueva, el vino de la tercera copa pasa a ser la verdadera sangre del Santo Cordero inmolado en la cruz para la redención del mundo.

Pero las sorpresas no habían terminado, sino que una mayor estaba por realizar Jesús. De forma insólita Jesús interrumpe la cena, no toma esa copa interrumpiendo el Seder al decir que no volvería a tomar vino “hasta que llegara el reino de su Padre” y tras los cantos de los salmos del Halel sale de la casa, sin tomar la copa de la Alabanza ni la de Elías. Interrumpir la cena Pascual era incumplir el precepto e implicaba no renovar la Alianza ese año, algo muy grave para un judío ya que no se le perdonaban los pecados hasta la siguiente Pascua.

¿Por qué no tomo la copa de la redención? San Mateo nos dice que, camino del calvario, “le dieron a beber vino mezclado con hiel”, y que “Jesús lo probo, pero no quiso beberlo” (Mt 27,34). San Juan, sin embargo, nos dice que en lo alto de la Cruz, Jesús mismo lo pidió y lo bebió[2] y que después dijo que todo estaba cumplido (Jn 19,29-30). Nada más beber, Jesús expiró entregando su Espíritu y cumpliendo su misión.

Jesús no tomó más vino hasta estar en la cruz, donde bebió la tercera copa de la Cena Pascual, la copa de la Redención, conectando el Cenáculo con la Cruz, la Cena Pascual  y el Sacrificio, la Antigua Alianza y la Nueva. La cena Pascual, nuestra Eucaristía, es el nexo de lo antiguo y lo nuevo y el cumplimiento del más grande amor de Dios hacia los hombres, que se da en la entrega salvadora y redentora de Cristo por medio de su sacrificio.

La cena Pascual termina en la cruz y era una cena que con gran deseo esperó que llegara (Lc 22, 15) porque todo se cumpliría en ella.

El memorial

Finalmente, tenemos que entender que este gran misterio de amor que une lo antiguo y lo nuevo abriendo las puertas del cielo, fue una Pascua eterna y nueva que se mandó a realizar como memorial. El memorial no era un mero recordar, sino que hacía referencia al sacrificio de la Antigua Alianza que se ofrecía por los pecados de los pueblos donde el cordero era comido por el sacerdote que ofrecía y la congregación oferente y que se realizaba por el perdón de los pecados. Jesús manda a realizar el memorial de su pasión, no recordar su sacrificio. En este sacrificio memorial Cristo es el cordero que se da para el perdón de los pecados. La cena pascual judía permitía renovar el pacto con Dios cada año y era preciso que se realizara completa y correctamente, de lo contrario no se daba el perdón de los pecados. Cada Eucaristía nos conecta a la primera y única Eucaristía que empezó en el Cenáculo y terminó en la cruz, alcanzándonos el perdón de los pecados a los que hemos vivido después de Cristo, pues cada Pascua perdonaba los pecados del año anterior, por lo que cada Eucaristía nos alcanza ahora el perdón que brota continuamente de la única cruz salvadora. No sólo no es un mero recuerdo, ni mucho menos algo nuevo y aislado, sino que es un abrir una puerta del tiempo que nos coloca al pie de la cruz, culmen de la Última Cena, para que podamos comer y beber del mismo cuerpo que se dio para el perdón de nuestros pecados hace 2000 años para que todos nuestros actos “sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y sacramentales reciben su poder”[3].

La Eucaristía no es un acto celebrativo aislado, ni es para ser meramente escuchado, sino que es un abrir la puerta del tiempo y revivir el calvario, por lo que exige al cristiano el querer recorrer el mismo camino, unirse a ese dolor y completar en su cuerpo lo que le falta a la pasión de Cristo (Col 1,24-28), es decir, nuestro “si” libre por el que decidimos se un alter Christus por el que otras personas conocerán a Dios y podrán alcanzar esa misma salvación que permanece abierta como un portal del tiempo y así encarnarla ellos también.

Es en este sentido que la Eucaristía “es el cielo en la tierra”[4] porque es el puente entre la acción infinita de Dios y la esperanza de su Amor eterno del hombre. La fuerza de la Eucaristía es la habilitación a llevar la cruz con alegría y amor al cielo, por lo que no se puede vivir como una obligación, ni una tarea más, sino como el centro de la vida del cristiano, es decir, "fuente y culmen de toda la vida cristiana"[5].

Cuando vayamos a misa, recordemos pues que el sacrificio de Cristo ha sido gratuito, pero no ha sido barato. No ha sido algo de un momento, sino un sacrificio plano clavado en la eternidad para nuestra salvación continua.
¿Este jueves 13 de abril de 2017 irás a misa con la misma actitud de siempre?

Paz y bien.
AyunoXti

Fuentes:
www.youtube.com/watch?v=iQjzkHuUQD0 (La Eucaristia, Frank Morera)






[1] El Séder de Pésaj (en hebreo: סֵדֶר, "orden", "colocación") es el orden que se sigue para celebrar la "Cena Pascual" el primer día de la Pascua, la fiesta de la liberación judía de la esclavitud egipcia.
[2] Nótese que el vino se lo presentan a Jesús en una esponja que ponen en una caña de hisopo, que era lo que se utilizaba para rociar la sangre del cordero en los marcos de las puertas hebreas la noche de la Pascua.
[3] S.S Pablo VI, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, n.61 (Concilio Vaticano II, 1963).
[4] “El cielo en la tierra” es una expresión de Juan Pablo II para designar la Misa, centro y raíz de la vida cristiana (cfr. Scott Hahn, La cena del Cordero , Rialp: Madrid, 2003).
[5] S.S Pablo VI, Constitución dogmática Lumen Gentium, n.11 (Concilio Vaticano II, 1964).


27 marzo, 2017

El amor como sentido del sufrimiento

Queridos hermanos de Ayuno por ti, la realidad del sufrimiento es un tema que toca intensamente el corazón humano y sobre el que se ha escrito mucho. Es un tema que ha acompañado al hombre durante toda la historia y pertenece a la experiencia fundamental del hombre. Sin embargo, la búsqueda por una respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento nos hace formular cantidades de preguntas. San Juan Pablo II ve las cosas de un modo diverso; “dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; ¿para qué? Una pregunta acerca de la finalidad, en definitiva acerca del sentido”.

No obstante, se percibe la respuesta a estas preguntas como una vuelta a la revelación del amor de Dios, como un misterio ante el cual el hombre no tiene respuesta concreta. San Juan Pablo II en su experiencia propia del sufrimiento escribió en Salvifici doloris que “el sufrimiento parece pertenecer a la transcendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido “destinado” a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo”. Por esta razón la realidad del sufrimiento obsesiona en cierto sentido la conciencia humana; es decir, es algo que siempre ha preocupado a los humanos tanto a nivel individual como a nivel comunitario. El sufrimiento constituye parte de aquellos interrogantes más profundos del hombre. Afirma la constitución pastoral sobre la Iglesia, Gaudium et spes, que “[…] son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué hay después de esta vida temporal?” (GS 10). El intento de buscar una respuesta al origen del sufrimiento y el mal que encontramos en la Biblia sobre la causa física y moral que afecta a toda la humanidad se halla en el relato del Génesis (Gn 3, 1-19). Este texto sin embargo, pone de manifiesto el hecho de que el sufrimiento fue experimentado como penoso y aflictivo porque el hombre no quiso aceptar su limitación y finitud.

Por otro lado, esta pregunta encuentra su expresión más profunda a través de la experiencia propia de Job como lo vemos en la Biblia. La impresión que tiene sus amigos era percibir el sufrimiento como consecuencia o pena de algún pecado cometido contra Dios (aún una culpa grave contra Dios). Ahora bien, la respuesta de Job demuestra que no es evidente descubrir el sentido y el origen del sufrimiento porque su sufrimiento es el de un inocente y debe ser aceptado como misterio y, que no se puede comprender al fondo. Esta afirmación de Job nos hace reflexionar profundamente sobre la experiencia de esta realidad y el sentido que tiene para la vida cristiana. ¿Para qué sirve el sufrimiento humano? ¿Hay algo que se puede aprender de sufrimiento? Por tanto, si el sufrimiento no tiene significado ni sentido, pues, se lo considera insoportable o incluso una barbaridad.

A la hora de reflexionar sobre este tema, me di cuenta de que para percibir alguna respuesta al sentido de sufrimiento, habría que volver a aquel texto de San Pablo; “me amó y se entregó por mi” (Gal 2, 20). La encarnación de Cristo ha sido una revelación continua de la verdad divina que Dios, el Padre, a lo largo de la historia, había querido revelar a su pueblo. De distinta época y de muchas maneras Dios había revelado su ser y su amor (Heb 1,1-2). La revelación llega a su cumbre en la encarnación de Cristo. El evangelista Juan nos introduce a esta dimensión de la revelación y, al mismo tiempo, de la redención: “Dios amó tanto al mundo que entregó a su hijo para que todo que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Por tanto, la pasión de Cristo nos habla de un amor incondicional, de un don absoluto de Padre a los hombres. La pasión de Cristo es directamente proporcional al amor del Padre. Es sólo a partir del amor que se puede entender el porqué del sufrimiento y su sentido. Si no hay amor, el sufrimiento no tiene ningún sentido ni significado. El amor da sentido y significado a la vida del hombre y en particular, a su sufrimiento. En el sufrimiento alcanzamos nuestro ser, y en él entramos en una dimensión completamente nueva. Por su sufrimiento Cristo nos une con el Padre y su cruz se convierte en una fuente de la que brotan manantiales de agua viva.

Cristo ha recorrido el camino del amor en la aceptación del sufrimiento y se hirió por nuestras rebeldías y fue molido por nuestras culpas. El profeta Isaías lo subraya muy bien en el cuarto canto del Siervo; “Creció en su presencia como vástago tierno, como raíz de tierra seca. No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia que lo hacía deseable. Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos. Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados” (Is 53, 2-6). En su sufrimiento encontramos distintas etapas: la detención, la humillación, los escupitajos, el desprecio de la dignidad, el juicio inicuo, los golpes, la flagelación, la corona de espina, el camino de la cruz, la crucifixión, la agonía y finalmente su muerte. Todos estos hechos muestran la respuesta más completa al interrogante y al sentido por la experiencia del sufrimiento. Jesús voluntariamente aceptó el sufrimiento como donación de su vida: “por eso me ama el Padre, por que doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 17-18). En la pasión de Jesús el sufrimiento llega al grado más absoluto, la cumbre del amor verdadero. Él nos amó hasta el extremo. Por tanto, la solución o respuesta sobre el sentido del sufrimiento, Cristo la ha encontrado en el amor porque Él mismo ha podido experimentar la realidad del sufrimiento y ha podido sobresalir. En la carta exhortación del Salvifici doloris, San Juan Pablo II señala que “es en la cruz donde debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal interrogante” (Salvifici doloris, n. 18).

La vocación del hombre a cual Dios llama a todos los hombres es la vocación de amar a Dios y al prójimo. No es extraño que el primer mandamiento gire en torno al amor. De hecho el “Shema Israel” tiene el amor como centro de la vocación humana: “escucha Israel, Yahvé nuestro Dios es único. Amarás a Yahvé tu Dios con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te he dicho hoy” (Dt 6, 4-6). Este primer mandamiento pone de manifiesto el amor como la base de la vocación del hombre. Por tanto, la vocación a la cual Cristo llama a los hombres es la de participar en su misión. La participación en su misión supone el seguimiento. Pues, quien se encuentra en comunión con Jesús ha de irse detrás de él; “el que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Mc 8,34; Lc 9,23). En este seguimiento y renuncia de uno mismo el hombre se descubre a sí mismo y desde ahí da sentido al sufrimiento. En el sufrimiento se manifiesta la grandeza del amor porque en él está contenida una particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar por su parte. El sufrimiento concede al hombre la oportunidad de pensar de un modo nuevo y diverso y al mismo tiempo, le da la oportunidad de poder captar lo esencial de la vida; el amor. De todos modos, el sufrimiento es, ante todo, una llamada y una vocación y, a la vez, una gracia de Dios. La vía del sufrimiento nos hace participar en la vulnerabilidad y en el carácter misterioso de Dios. Dice la constitución sobre la Iglesia, Guadium et spes, “el hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha llamado por sí mismo y no puede encontrar su propia plenitud si no en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (GS 24). Por eso, podemos decir que el sufrimiento es una prueba que tiene una finalidad, la de transformar la condición humana. La experiencia de sufrimiento en el hombre no es más que consecuencia y expresión de su existencia cristiana; manifestaciones y medios por los que va realizando su misma perfección. Así, como Cristo llega a la plenitud por el sufrimiento (Heb 2,11), del mismo modo nosotros alcanzaremos la nuestra, porque si con Él morimos, también con Él viviremos. Si sufrimos con Él, con Él reinaremos (2 Tim2, 11-12). El hombre está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. En su experiencia vocacional, san Pablo expresa claramente el sentido que se ha de dar el sufrimiento; “ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo” (Col 1,24). Esta misma doctrina la resuena Pablo en la carta a los Romanos: “el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos con Cristo, supuesto que padezcamos con Él para ser glorificados” (Rom 8, 17). Por otro lado, la experiencia de sufrimiento en la vida de los santos hace pensar en el valor y el sentido que se da sobre esta realidad. A lo largo de los siglos se ha ido constando que el sufrimiento se esconde una fuerza particular que acerca interiormente al hombre a Cristo. Por tanto, el sufrimiento no puede ser transformado con una gracia exterior, sino interior, y en él se esconde una fuerza particular que acerca interiormente al hombre a Cristo; una gracia especial.

Todo esto, a los ojos del mundo en que vivimos, es totalmente incomprensible. ¿Sufrir y ser feliz? Es una locura. La persona que no se abre a la dimensión cristiana de la vida, no podrá entender el sentido que se puede dar al sufrimiento. La Cruz de Cristo es nuestra victoria. Cristo, desde la cruz, dio sentido a nuestra vida. Dio sentido a todas las dimensiones de nuestra vida. Incluso las más difíciles de aceptar. Aquellas que son profundamente dolorosas y causan mucho sufrimiento. ¿En quién ponemos nuestra esperanza? ¿En quién buscamos las respuestas para nuestras vidas? ¿Quién es capaz de darle un sentido real a nuestra existencia? No se trata de buscar sufrir, sino de aprender a sufrir. Para ello, miremos a Aquél que venció y le dio sentido al dolor. Seamos felices con el horizonte que nos presenta Cristo, para darle sentido a todo lo que implica vivir.
Me despido con un fraternal abrazo en Cristo.


Un sacerdote de AyunoXti