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27 febrero, 2020

Cuaresma, camino privilegiado de ascesis cristiana


Con el reciente miércoles de cenizas de este año 2020 hemos empezado una nueva Cuaresma, y casi todos sabemos, o deberíamos saber, que es un tiempo de 40 días en los que nos preparamos para vivir bien la Semana Santa y contemplar con el mayor agradecimiento la Pasión de Jesucristo. Es un camino de preparación en el que los viernes estamos llamados a la abstinencia de la carne y a vivir un día de recogimiento y oración. Propiamente la Iglesia nos propone un ayuno el miércoles de cenizas y otro en el viernes Santo. El gran riesgo es pensar que cumplir con el ayuno del miércoles de cenizas y el viernes santo, así como la abstinencia de los viernes, es suficiente o que incluso sea para nota. Técnicamente es cierto, pero la Iglesia no reduce a esa práctica penitencial, sino que parte de ella como un mínimo.

El ayuno es indispensable para la ascesis personal que es ese esfuerzo humano que ponemos para responder a la gracia de Dios y es el medio por el cual el hombre purifica su vida para que en ella se desarrolle en plenitud la vida divina. Este esfuerzo es dirigido por el Espíritu Santo, quien pretende orientarnos a Dios eliminando todo lo que estorba para esa santidad que ya está contenida en el cristiano desde su bautismo.

Por la ascesis fortalecemos nuestro caminar con Jesús y con su mismo espíritu, algo que se concreta de forma esencial en la penitencia. Como dice el Catecismo: "Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia" (n. 1435).

San Juan Pablo II, en Reconciliación y Penitencia, describe la penitencia como aquello que ayuda a que el Evangelio pase de la mente al corazón y del corazón a la vida, es decir, la penitencia permite vivir realmente el Evangelio y a despojarse del hombre viejo, para revestirse del nuevo (Ef 4, 23).

El ayuno y la penitencia actúan como una fuerza reguladora sobre nuestras pasiones y deseos, los cuales, dejados en libertad, pueden llegar a destruirnos por completo. Tanto el ayuno como la penitencia suponen una renuncia, por lo que será imposible sin la ayuda de la cruz y del Espíritu Santo. No se trata de un estoicismo que destruye o maltrata el cuerpo, sino de una herramienta espiritual que regula y reordena nuestra interioridad, volviendo nuestra mirada a la misericordia de Dios, quien nos ama a pesar de nuestras miserias. Porque lo que somos, lo somos por su amor.

El ayuno nos devuelve la autoridad sobre nuestros deseos, enseñándonos a renunciar lo que es muy atractivo, virtud necesaria para resistir a las presiones consumistas del este mundo. Nos enseña a obrar por la voluntad desde el amor a Dios y no desde la vida fácil de los apetitos.

El ayuno, desde la vida espiritual, nos ayuda en dos áreas de nuestra vida. Por un lado, es la forma como la voluntad se entrena con la renuncia a cosas buenas, para en su momento poder rechazar las malas. Por otro lado, ejerce una acción misteriosa, que permite al alma abrirse de una manera particular a la gracia y a la presencia de Dios.

El ayuno a pan y agua, acompañado de una oración constante durante el día de ayuno, nos abre de una manera misteriosa a la presencia de Dios, como si el hambre corporal se fuera convirtiendo en hambre de Dios.

Pero atención: sin oración el ayuno corre el riesgo de convertirse en una dieta estéril para nuestra vida espiritual. Por eso es de especial importancia bendecir el día por la mañana, procurar comulgar y rezar el rosario durante el día, dar gracias en las comidas acordándonos de las intenciones por las que ayunamos, pararse con el ángelus de un modo especial, tratar de recordar una jaculatoria o una frase leída en el Evangelio, acordarnos de la hora de la misericordia (las 15:00h) y pararnos, aunque sea por un minuto, en la contemplación del momento de la Cruz de nuestro Señor, bendecir a los hijos antes de acostarnos, leerles el Evangelio y rezar con ellos. La oración es el carburante del ayuno y lo que permite que el ayuno despierte en nosotros esa alegría y esa paz que se sobrepone al malestar causado por el sacrificio, el hambre, la renuncia, etc.

A veces un pequeño esfuerzo de nuestra parte corresponde a una gracia inmensa de Dios, y viceversa, un gran esfuerzo humano puede concluir en pocos resultados espirituales. Dios sabe cómo, y en qué momento darnos las gracias. De lo que sí podemos estar seguros, es que al iniciarnos en el ayuno nos abriremos a la santidad y nuestra vida cambiará RADICALMENTE, mientras que al mantenernos en los límites de la comodidad o del cumplimiento mínimo, estancamos nuestra ascesis e incluso podemos promover un decaimiento espiritual. Por eso la Virgen María pide en todas sus apariciones y mensajes una vida (no unos días) de ofrecimiento, con sacrificios por amor, con ayuno y el rezo diario del rosario.

El ayuno es el camino a la perfección cristiana. Que esta Cuaresma sea una ocasión de iniciarnos al ayuno que eleva el alma y busca la perfección en el amor por la gratitud que experimentamos al sabernos amados por un Dios que todo nos lo ha dado, y nos los sigue dando, sin pedir nada a cambio. Seguimos en un tiempo de misericordia, aprovechémoslo.

Paz y bien.

AyunoXti


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01 febrero, 2020

Circular sobre las peticiones

Estimados ayunadores y amigos de AyunoXti,


     Con esta excepcional circular, nos gustaría matizar algunos aspectos acerca de las peticiones.
Las peticiones son atendidas en orden de llegada por medio del formulario y son clasificadas por prioridad. Es muy frecuente encontrar peticiones que no están bien formuladas o que se repiten cada mes.
En cuanto a lo primero, hay que decir que AyunoXti está dirigido a esas peticiones de especial complejidad, en la que ya no podemos hacer mucho más que rezar, ayunar y abandonarnos a la Providencia o a la voluntad del Señor. Es muy difícil juzgar las peticiones en general, por lo que os pedimos que sean muy concretas y claras, y que no sean preocupaciones generales de carácter ordinario (ej. “Por Pepe y su trabajo”, “por la salud de Laura” o “por mis intenciones”). La adolescencia, el matrimonio, el trabajo, los estudios, etc. son realidades que van siempre acompañadas de muchas dificultades que entran en lo propio de cada realidad. En estos casos hay que rezar, dejarse aconsejar, formarse bien, y sobre todo buscar la voluntad de Dios por encima de la nuestra, que se dirige normalmente a rehuir de los problemas o las dificultades.
Es legítimo pedir a Dios que nos quite una cruz (lo hizo incluso nuestro Señor en el huerto de Getsemaní), pero no exigírselo, puesto que de lo contrario no estaríamos mostrando nuestra disposición a cumplir primeramente Su voluntad. A veces nos empeñamos en pedirle a Dios lo que queremos y nos olvidamos de buscar lo que él nos tiene preparado, de modo que al final perdemos las dos cosas.

En segundo lugar, cada mes podemos tener presente en nuestro ayuno unas cuantas intenciones, pero no podemos proponer 50 peticiones, pues no tendríamos a ninguna realmente en el corazón durante el ayuno y la oración de cada miércoles. Por eso es importante no pedir oraciones repetidamente y tener paciencia a que podamos ponerlas en oración. Elegir las peticiones es una tarea sumamente delicada y desechar alguna es más complicado aún. Esperamos que se entienda.

También recordar que revisamos el correo cuando preparamos el siguiente mes por lo que a veces podemos tardar un poco en contestar, pero lo haremos.

Finalmente, decir que cuando tenemos una petición importante en nuestras intenciones el ayuno y la oración nuestra es la más importante. Pedirnos ayunar a los ayunadores de AyunoXti cuando los interesados no quieren poner lo suyo, es algo que no entra en la pedagogía de Dios. Podremos rezar todo el año, pero cada dolor, cada dificultad, es siempre una prueba también, un peldaño de la cruz de Cristo que debemos subir, una ocasión de mostrar nuestra fe o de fortalecerla. Muchísimas veces Dios se aprovechas de nuestros sufrimientos para que nos encontremos mejor con él. Por otro lado hay peticiones que tienen que ver con la libertad de otros. Son las más difíciles incluso para Dios ya que Él mismo no puede violentar la libertad de los demás que deciden ir por caminos equivocados. Ante el rechazo de alguien, debemos considerar la posibilidad de que esa situación se mantenga. Nuestro amor y ofrecimiento puede llegar conseguir mucho si es puro, pero a veces nos debemos a un dolor que será nuestra cruz hasta el final. Por poner un ejemplo, una esposa que pierde a su esposo porque decide irse con otra mujer, es un dolor muy grande y para nosotros es una prioridad enorme. Pero ni siquiera Dios puede violentar a alguien para que se decida por el amor. A veces es cuestión de aceptar la cruz y conseguir el descanso e incluso la felicidad en esa aceptación y no tanto en que el sufrimiento sea milagrosamente eliminado.
Es una tema complejo lleno de misterio, cierto. Sabemos que Dios es todopoderoso y por eso pedimos los milagros. Sin embargo, a veces hay que saber cuándo una cruz no nos la encontramos sin más, sino que nos la ofrece el Señor para mostrarnos su amor a través de ella. Puede ser una enfermedad nuestra o de otro, una soledad, el rechazo de alguien amado…
Seamos testigos de la alegría del Señor y de su promesa de vida eterna, sin dejarnos vencer por el miedo, el dolor o las dificultades. Que sepamos siempre permanecer al pie de la cruz junto a María, con esperanza, firmeza y con alegría a pesar del dolor.

Que el Señor y la Santísima Virgen María os bendiga a todos.

Paz y bien,

AyunoXti

20 marzo, 2018

Recata final con San Pedro Crisólogo


Queridos hermanos de AyunoXti,

        Estamos en la recta final que nos introducirá en la Semana Santa, el momento culminante de nuestra fe. En la cruz que contemplaremos sangrante, pero también victoriosa, encontraremos el motivo de nuestra oración, el gozo de nuestra espera, la esencia de nuestra unión. Desde la cruz brota un manantial de salvación inmerecida. Muchos la rechazan y no caen en la cuenta del despropósito de rechazar algo no sólo tan valioso, sino que no habríamos podido jamás atrevernos siquiera a pedir. Es Dios quien sale a nuestro encuentro de esta forma y es por amor a nosotros. Un amor que sólo debería recibir un eterno agradecimiento y no los ultrajes y rechazos que recibe cada día. Este camino que Dios ha marcado es un camino que nos pide seguir con alegría en la Victoria ya acontecida, pero también con responsabilidad y esfuerzo.

Para esto, en esta recta final, os invitamos a reflexionar en los tres elementos centrales de nuestro amor a Dios, para tratar siempre de tenerlos muy bien purificados y unidos. Os dejamos las hermosísimas palabras de San Pedro Crisólogo en su sermón número 43:

Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, y la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.
El ayuno, en efecto es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlas, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca: que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído, a quien no cierra los suyos al que le suplica.
Que el que ayuna, entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda, quien desea que le responda a él. Es un indigno suplicante quien pide para sí lo que niega a otro.
Díctate a ti mismo la norma de la misericordia de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.
En consecuencia, la oración, la misericordia, y el ayuno, deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.
Recobremos, pues, con ayunos lo que perdimos por el desprecio: inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: “Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias”. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios, no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a sí mismo para darse.
Pero para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no le riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza; lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios, y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.
Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro, no lo tendrás tampoco para ti.
Así que, amemos con nuestra oración, con nuestro esfuerzo máximo en la caridad y siempre de la mano de nuestro ayuno y de nuestro rosario, buscando alcanzar cada día un esfuerzo mayor, para que el Reino de Dios esté en nosotros de forma cada vez más santa y permanente.

Que Dios nos bendiga y la Virgen nos cuide, escuchando nuestras necesidades y peticiones, pero sobre todo acrecentando en todos nosotros el deseo ferviente del amor de Dios y el vivir según el Espíritu Santo y divino que nos manda.

Paz y bien



27 marzo, 2017

El amor como sentido del sufrimiento

Queridos hermanos de Ayuno por ti, la realidad del sufrimiento es un tema que toca intensamente el corazón humano y sobre el que se ha escrito mucho. Es un tema que ha acompañado al hombre durante toda la historia y pertenece a la experiencia fundamental del hombre. Sin embargo, la búsqueda por una respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento nos hace formular cantidades de preguntas. San Juan Pablo II ve las cosas de un modo diverso; “dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; ¿para qué? Una pregunta acerca de la finalidad, en definitiva acerca del sentido”.

No obstante, se percibe la respuesta a estas preguntas como una vuelta a la revelación del amor de Dios, como un misterio ante el cual el hombre no tiene respuesta concreta. San Juan Pablo II en su experiencia propia del sufrimiento escribió en Salvifici doloris que “el sufrimiento parece pertenecer a la transcendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido “destinado” a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo”. Por esta razón la realidad del sufrimiento obsesiona en cierto sentido la conciencia humana; es decir, es algo que siempre ha preocupado a los humanos tanto a nivel individual como a nivel comunitario. El sufrimiento constituye parte de aquellos interrogantes más profundos del hombre. Afirma la constitución pastoral sobre la Iglesia, Gaudium et spes, que “[…] son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué hay después de esta vida temporal?” (GS 10). El intento de buscar una respuesta al origen del sufrimiento y el mal que encontramos en la Biblia sobre la causa física y moral que afecta a toda la humanidad se halla en el relato del Génesis (Gn 3, 1-19). Este texto sin embargo, pone de manifiesto el hecho de que el sufrimiento fue experimentado como penoso y aflictivo porque el hombre no quiso aceptar su limitación y finitud.

Por otro lado, esta pregunta encuentra su expresión más profunda a través de la experiencia propia de Job como lo vemos en la Biblia. La impresión que tiene sus amigos era percibir el sufrimiento como consecuencia o pena de algún pecado cometido contra Dios (aún una culpa grave contra Dios). Ahora bien, la respuesta de Job demuestra que no es evidente descubrir el sentido y el origen del sufrimiento porque su sufrimiento es el de un inocente y debe ser aceptado como misterio y, que no se puede comprender al fondo. Esta afirmación de Job nos hace reflexionar profundamente sobre la experiencia de esta realidad y el sentido que tiene para la vida cristiana. ¿Para qué sirve el sufrimiento humano? ¿Hay algo que se puede aprender de sufrimiento? Por tanto, si el sufrimiento no tiene significado ni sentido, pues, se lo considera insoportable o incluso una barbaridad.

A la hora de reflexionar sobre este tema, me di cuenta de que para percibir alguna respuesta al sentido de sufrimiento, habría que volver a aquel texto de San Pablo; “me amó y se entregó por mi” (Gal 2, 20). La encarnación de Cristo ha sido una revelación continua de la verdad divina que Dios, el Padre, a lo largo de la historia, había querido revelar a su pueblo. De distinta época y de muchas maneras Dios había revelado su ser y su amor (Heb 1,1-2). La revelación llega a su cumbre en la encarnación de Cristo. El evangelista Juan nos introduce a esta dimensión de la revelación y, al mismo tiempo, de la redención: “Dios amó tanto al mundo que entregó a su hijo para que todo que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Por tanto, la pasión de Cristo nos habla de un amor incondicional, de un don absoluto de Padre a los hombres. La pasión de Cristo es directamente proporcional al amor del Padre. Es sólo a partir del amor que se puede entender el porqué del sufrimiento y su sentido. Si no hay amor, el sufrimiento no tiene ningún sentido ni significado. El amor da sentido y significado a la vida del hombre y en particular, a su sufrimiento. En el sufrimiento alcanzamos nuestro ser, y en él entramos en una dimensión completamente nueva. Por su sufrimiento Cristo nos une con el Padre y su cruz se convierte en una fuente de la que brotan manantiales de agua viva.

Cristo ha recorrido el camino del amor en la aceptación del sufrimiento y se hirió por nuestras rebeldías y fue molido por nuestras culpas. El profeta Isaías lo subraya muy bien en el cuarto canto del Siervo; “Creció en su presencia como vástago tierno, como raíz de tierra seca. No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia que lo hacía deseable. Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos. Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados” (Is 53, 2-6). En su sufrimiento encontramos distintas etapas: la detención, la humillación, los escupitajos, el desprecio de la dignidad, el juicio inicuo, los golpes, la flagelación, la corona de espina, el camino de la cruz, la crucifixión, la agonía y finalmente su muerte. Todos estos hechos muestran la respuesta más completa al interrogante y al sentido por la experiencia del sufrimiento. Jesús voluntariamente aceptó el sufrimiento como donación de su vida: “por eso me ama el Padre, por que doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 17-18). En la pasión de Jesús el sufrimiento llega al grado más absoluto, la cumbre del amor verdadero. Él nos amó hasta el extremo. Por tanto, la solución o respuesta sobre el sentido del sufrimiento, Cristo la ha encontrado en el amor porque Él mismo ha podido experimentar la realidad del sufrimiento y ha podido sobresalir. En la carta exhortación del Salvifici doloris, San Juan Pablo II señala que “es en la cruz donde debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal interrogante” (Salvifici doloris, n. 18).

La vocación del hombre a cual Dios llama a todos los hombres es la vocación de amar a Dios y al prójimo. No es extraño que el primer mandamiento gire en torno al amor. De hecho el “Shema Israel” tiene el amor como centro de la vocación humana: “escucha Israel, Yahvé nuestro Dios es único. Amarás a Yahvé tu Dios con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te he dicho hoy” (Dt 6, 4-6). Este primer mandamiento pone de manifiesto el amor como la base de la vocación del hombre. Por tanto, la vocación a la cual Cristo llama a los hombres es la de participar en su misión. La participación en su misión supone el seguimiento. Pues, quien se encuentra en comunión con Jesús ha de irse detrás de él; “el que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Mc 8,34; Lc 9,23). En este seguimiento y renuncia de uno mismo el hombre se descubre a sí mismo y desde ahí da sentido al sufrimiento. En el sufrimiento se manifiesta la grandeza del amor porque en él está contenida una particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar por su parte. El sufrimiento concede al hombre la oportunidad de pensar de un modo nuevo y diverso y al mismo tiempo, le da la oportunidad de poder captar lo esencial de la vida; el amor. De todos modos, el sufrimiento es, ante todo, una llamada y una vocación y, a la vez, una gracia de Dios. La vía del sufrimiento nos hace participar en la vulnerabilidad y en el carácter misterioso de Dios. Dice la constitución sobre la Iglesia, Guadium et spes, “el hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha llamado por sí mismo y no puede encontrar su propia plenitud si no en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (GS 24). Por eso, podemos decir que el sufrimiento es una prueba que tiene una finalidad, la de transformar la condición humana. La experiencia de sufrimiento en el hombre no es más que consecuencia y expresión de su existencia cristiana; manifestaciones y medios por los que va realizando su misma perfección. Así, como Cristo llega a la plenitud por el sufrimiento (Heb 2,11), del mismo modo nosotros alcanzaremos la nuestra, porque si con Él morimos, también con Él viviremos. Si sufrimos con Él, con Él reinaremos (2 Tim2, 11-12). El hombre está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. En su experiencia vocacional, san Pablo expresa claramente el sentido que se ha de dar el sufrimiento; “ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo” (Col 1,24). Esta misma doctrina la resuena Pablo en la carta a los Romanos: “el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos con Cristo, supuesto que padezcamos con Él para ser glorificados” (Rom 8, 17). Por otro lado, la experiencia de sufrimiento en la vida de los santos hace pensar en el valor y el sentido que se da sobre esta realidad. A lo largo de los siglos se ha ido constando que el sufrimiento se esconde una fuerza particular que acerca interiormente al hombre a Cristo. Por tanto, el sufrimiento no puede ser transformado con una gracia exterior, sino interior, y en él se esconde una fuerza particular que acerca interiormente al hombre a Cristo; una gracia especial.

Todo esto, a los ojos del mundo en que vivimos, es totalmente incomprensible. ¿Sufrir y ser feliz? Es una locura. La persona que no se abre a la dimensión cristiana de la vida, no podrá entender el sentido que se puede dar al sufrimiento. La Cruz de Cristo es nuestra victoria. Cristo, desde la cruz, dio sentido a nuestra vida. Dio sentido a todas las dimensiones de nuestra vida. Incluso las más difíciles de aceptar. Aquellas que son profundamente dolorosas y causan mucho sufrimiento. ¿En quién ponemos nuestra esperanza? ¿En quién buscamos las respuestas para nuestras vidas? ¿Quién es capaz de darle un sentido real a nuestra existencia? No se trata de buscar sufrir, sino de aprender a sufrir. Para ello, miremos a Aquél que venció y le dio sentido al dolor. Seamos felices con el horizonte que nos presenta Cristo, para darle sentido a todo lo que implica vivir.
Me despido con un fraternal abrazo en Cristo.


Un sacerdote de AyunoXti